Nací y crecí en la colonia Condesa de la ciudad de México, en el seno de una familia clasemediera de escasos recursos.

    Dominaba en mi casa la nostalgia criolla de mi padre, que se engolosinaba recordando la hacienda porfirista de la familia. Hasta le brillaban los ojos cuando recorría el siglo XIX para identificar algún Esteva prominente en cada generación…y seguía hasta encontrar en España el ancestro pertinente.

    Mi madre dejaba correr: sus ancestros no debían mencionarse. Como muchas personas de su generación, pensaba que lo mejor que podía hacer por sus hijos era cortar todo vínculo con el pasado indígena. En mi casa se decía que  los indios no sólo eran ignorantes y desobligados sino perversos, con la idea de que nos echáramos a correr apenas viéramos alguno. Pero yo adoraba a mi abuela, que en la casa debíamos esconder para que no fuera vista por mi padre. Pedía que en vacaciones me mandaran con ella a Oaxaca, lo que formó mis primeros lazos con mi propia gente, aunque esos recuerdos quedaron en el fondo de mi conciencia, porque mi infancia estuvo marcada por el sello patriarcal y occidentalizante de mi padre.

    También me marcó el presidente Truman, a quien conocí en un estadio cuando acababa de cumplir los 10 años; por primera vez, un presidente norteamericano visitaba México y me tocó estar en las filas de niños uniformados que lo aclamaban... Fui una de las dos mil millones de personas que se convirtieron en subdesarrolladas el  20 de enero de 1949, cuando acuñó la palabra subdesarrollo el día de su toma de posesión. Prometió compartir con nosotros todos los avances científicos y tecnológicos de su país para que pudiéramos ser como ellos, como los desarrollados. El cine era entonces el nuevo entretenimiento. Corríamos cada semana a ver una nueva película. En ellas el American Way of Life parecía lo más cercano al paraíso. Todas y todos quisimos tenerlo.

    Asistí a la escuela con los hermanos maristas. Poco antes de terminar la preparatoria, unos días después de que cumplí los 16 años, murió mi padre. Mi hermano y yo tuvimos que trabajar para el sostenimiento de mi familia y entré de office-boy a un banco. Me inscribí en la Universidad Nacional Autónoma de México, para estudiar derecho, porque así lo había querido mi padre. Pero al mismo tiempo empecé a estudiar una profesión que se estrenaba en México, en la universidad jesuíta. Nos prometieron que estaríamos en el centro de la épica del desarrollo, contribuyendo a cocinar el pastel y a repartirlo: ofrecer buenas condiciones a los trabajadores, buenos servicios a la comunidad y buenas utilidades a los accionistas.

    El país parecía ansioso de ocuparnos y nos ofreció inmediatas oportunidades. Ascendí en el banco; poco después fui subgerente de una pequeña empresa industrial y luego gerente de un bufete de servicios de administración de personal. A los 20 años era ya jefe de personal en Procter & Gamble, luego jefe de organización de la Cervecería Moctezuma y en seguida el ejecutivo más joven de la historia de la IBM en México. Pero se fue haciendo evidente que no estaba en el centro de la gesta del desarrollo sino a un lado, y no en el mejor lado. Me corrieron tanto de Procter & Gamble como de la IBM, porque me negué a hacer lo que me pidieron. Pensé que quizás en mi propio bufete de servicios profesionales podría hacer otra cosa…pero aunque obtuve pronto prestigio e ingresos quedó claro que no podía vivir con dignidad si me mantenía en esa ruta. Abandoné mi profesión cuando tenía 24 años, hacia 1959.

    Había estado teniendo otra formación en el camino. Fueron años de grandes movilizaciones de trabajadores en México. Fue la entrada de Fidel en La Habana. Fueron España, Argelia y las grandes revueltas de Polonia y Hungría. Y también Bandung, Nasser, Suharto, Nehru, Tito… Frustrado con el mundo corporativo y sorprendido ante un paisaje político que mi casa y la escuela me habían ocultado,  me hice naturalmente izquierdista  – lo que pronto significó hacerme marxista. En librerías de viejo, en donde compraba los únicos libros que podía pagar, encontré una magnífica edición, muy bien encuadernada, de La Ideología Alemana. No tenía idea de quiénes eran Marx y Engels, pero el libro era muy bello y sólo costaba un peso. Encontré algún paralelismo entre el ajuste de cuentas con ideologías anteriores que cuentan ahí y el que yo estaba practicando en mi propia vida, entre otras cosas al aprender economía, porque trabajaba en el Banco Nacional de Comercio Exterior, ocupado de concebir y editar la que en esos años se consideraba la mejor revista de economía de América Latina.

    Mi generación estaba marcada por el Che. Parecía posible repetir su experiencia y teníamos la obligación moral de seguir su ejemplo. Con ese impulso me incorporé a un grupo clandestino disciplinadamente dedicado a organizar la revolución. Me encantaba la emoción de la complicidad en la célula, pero aún más nuestras incursiones por Morelos o Guerrero para entrar en contacto con grupos y organizaciones que se sumarían paulatinamente a la causa. Me tocó escribir el artículo central del primer número de nuestra revista teórica, que Lenin legitimaba: una revista teórica, había dicho, puede ser sustituto de un partido cuando no hay condiciones para crearlo. También nos llenó de entusiasmo el hecho de que al fin se incorporaba a la comisión política un dirigente obrero, del sindicato de artes gráficas. ¡Uno! Abrigábamos la ilusión de que poco a poco permearíamos barrios populares y comunidades rurales y empezaba ya a perfilarse alguna acción clara, aunque pesaban mucho estudiantes y maestros de la UNAM, particularmente de economía y ciencias políticas, que andaban en otra cosa. Operábamos en varios círculos, en torno al núcleo duro de quienes íbamos por todo, y los que parecían compañeros de viaje o simpatizantes que con suerte podían volverse camaradas. Habíamos ya realizado la crítica de la Unión Soviética, que calaba más hondo tras las revelaciones de Jrushov, y manteníamos distancia y ambigüedad respecto a Mao. Parecía haber dos tendencias: una que pensaba en construir el partido a partir del trabajo intelectual –dominar primero la teoría- y otra urgida de entrar en acción. Aunque llevaba ya algún tiempo de trabajo de célula, estudiando nuestras Sagradas Escrituras marxianas, me sentía claramente destinado a la segunda y como otras y otros prefería cerrar los ojos al precio que nos exigiría.

    Ocurrió entonces la catástrofe. La violencia que habíamos estado introduciendo en nuestra manera de ser, como condición política indispensable, puede escapar muy fácilmente al control racional. Uno de los líderes mató al otro por un lío de faldas. La organización no estaba preparada para esta circunstancia. Tras muchas discusiones y reflexiones sobre un camino que habíamos tomado sin suficiente meditación nos dispersamos. Distintos grupos tomaron diferentes caminos, dentro de un amplio espectro político e ideológico. Con algunos compañeros y compañeras yo tomé el que planteaba ocupar los aparatos estatales que habíamos soñado conquistar pero ahora sin recurrir a la violencia.

    Primero en la Secretaría de la Presidencia y luego en el sistema CONASUPO me tocó ascender rápidamente. Supe de qué se trataban las mieles del poder. Me enorgullecía ganar batallas burocráticas en nombre de campesinos y marginales urbanos, lo mismo que concebir e implementar grandes programas a su servicio. Asistía con regularidad a Los Pinos y a juntas de gabinete. El éxito de los programas que había organizado y los contactos que hice en el camino me crearon el riesgo de ocupar un alto puesto en la nueva administración, lo que habría sido conseguir en cierta forma el propósito de estar ahí. En vez de seguir adelante, sin embargo, renuncié para siempre a posiciones en el gobierno, convencido de que sirven para controlar y dominar, no para el cambio que buscábamos. Ocupar los aparatos estatales no era camino de la revolución.

    En noviembre de 1976 eché a andar con amigos y colegas un par de organismos civiles, para trabajar directamente con organizaciones campesinas. Como crecimos con rapidez inventamos un dispositivo de coordinación: Análisis, Desarrollo y Gestión (ANADEGES). Creíamos que eso podíamos hacer y que el ‘desarrollo’ podía tener sentido sin intermediación burocrática. Después de unos años de escuchar a la gente cambiamos el nombre de la organización; se llamó ahora Autonomía, Descentralismo y Gestión. Los pueblos no buscaban  desarrollo, que habitualmente resistían. Trataban de construir su autonomía y evitar que los centros económicos, políticos o ideológicos los controlaran. Los propios campesinos nos trajeron a las ciudades y empezamos a trabajar también con los llamados marginales urbanos. Junto con Diego Zapata, el hijo póstumo de Emiliano, organizamos diversas movilizaciones, una de las cuales desembocó en la creación de la Coordinadora Nacional Plan de Ayala.         Rodolfo Stavenhagen me incorporó a la organización del 5º Congreso Mundial de Sociología Rural, sobre el tema campesino, que se celebró en la ciudad de México en 1980 y del que resulté presidente. En el mismo año organicé, como presidente de la Sociedad Mexicana de Planificación, su décimo congreso, en el cual intenté avanzar en la crítica del desarrollo y de la planificación misma. También por Rodolfo, me tocó presidir por un tiempo el Consejo del Instituto de Naciones Unidas de Investigaciones para el Desarrollo Social.

    Eran ya los años ochenta. Me encantaba trabajar con los pueblos y pasar el tiempo con ellos…pero no lograba entenderlos bien. Pensé que necesitaba estudiar más, pero mientras más estudiaba menos entendía. Un día me quité los anteojos de las categorías en que había sido educado, las categorías del desarrollo, para tratar de ver con mis propios ojos. Deslumbrado al principio, empecé pronto a ver cosas que nunca había percibido. Al mismo tiempo, dos cosas modificaron mi percepción. De un lado, traje a la conciencia recuerdos escondidos en la memoria de mis experiencias infantiles con mi abuela, que me permitieron de pronto  conectarme de nuevo o por la primera vez con mi propia gente. De otro lado, casi por accidente, conocí a Iván Illich. Cuando estaba en la cumbre de su fama y vivía a pocos kilómetros de la ciudad de México no quise conocerlo y ni siquiera leerlo: desde la izquierda marxista lo veíamos como un cura reaccionario. Sabíamos que criticaba la educación y la salud, lo que era natural en esta sociedad, pero confiábamos en que la sociedad socialista lo haría bien en esos campos, como ya se estaba viendo en Cuba.

    Me fascinó lo que dijo en el seminario al que asistí. Un amigo común nos invitó a cenar. Empecé a leer frenéticamente sus libros y pronto empecé a colaborar con él. Nos hicimos amigos. Había oído en pueblos y barrios palabras que eran categorías centrales en Iván, como convivial y vernáculo. Empecé a pensar que Iván había construido el discurso de la gente. Cuando compartía en los pueblos sus ideas se producía a menudo un efecto ¡Ajá!, como si ya supieran lo que decía aunque no hubieran podido formularlo con claridad.    

    Dos experiencias más o menos paralelas dieron profundidad a lo que hacíamos. El terremoto de 1985 afectó directamente a personas y grupos con los que trabajábamos. Nos involucramos a fondo en la fiesta de autonomía que representó la lucha por la reconstrucción, especialmente en Tepito y la colonia Guerrero, en la ciudad de México, y en varios pueblos de la Montaña de Guerrero y de la mixteca oaxaqueña. Al mismo tiempo, a lo largo de una década, viajé intensamente por Estados Unidos y Europa, sobre todo convocado por Illich, que me invitó a sus seminarios y a conocer a muchos de sus amigos.

    En 1989 dejé mi departamento en la ciudad de México para iniciar una nueva vida en Oaxaca, en un pueblo zapoteco que está a unos kilómetros del lugar en que nació mi abuela. Construí ahí una casa de adobe y tejas y mi compañera hizo posible que pudiéramos cultivar nuestra propia comida. Me involucré pronto en el intenso movimiento social de Oaxaca, en el que he participado desde entonces. Con amigas y amigos puse en marcha el Centro de Encuentros y Diálogos Interculturales (CEDI), convencido de que la relación entre culturas sería la principal cuestión del siglo XXI; debíamos aprender a hospedar la radical otredad del otro, sistemáticamente negada por Occidente. Empezamos a aprender a dialogar con los diversos pueblos indios de Oaxaca y también con estudiantes, profesores e investigadores de otros países, que venían de lugares tan lejanos como Japón o Finlandia, pero sobre todo de Estados Unidos y Canadá. Los talleres y grupos de estudio con ellos nos permitieron sostener en forma autónoma nuestra organización.

    Cuando llegué a Oaxaca, Armando Labra era jefe de asesores del gobernador Heladio Ramírez. Armando era una persona realmente notable, por su inteligencia y capacidad profesional, su integridad moral, su honestidad política… Éramos muy buenos amigos, de tiempo atrás, y disfruté trabajar con él, en una asesoría relacionada con cambios jurídicos (la apertura de la Constitución oaxaqueña al pluralismo), con la selva de los Chimalapas y con algunos otros asuntos relacionados con los pueblos indios. Esa tarea continuó cuando Armando siguió de jefe de asesores con Diódoro Carrasco y se hizo mi vecino, en San Pablo Etla, y terminó cuando se fue del estado.

    En Oaxaca tuvo especial significación la conmemoración de los 500 años. Vino aquí por la primera vez un rey de España y lo recibieron con notable dignidad intelectuales indios con los que trabajábamos. Ni siquiera esa explosión de dignidad rebelde, en todo el continente, nos preparó para la sorpresa del 1º de enero de 1994. Como otros muchos, muchísimos, había que salir a la calle y hacerle saber a los zapatistas que no estaban solos. El levantamiento cambió mi vida. No sé a quién tomé de la mano en algún cinturón de paz de San Cristóbal, en los Diálogos de Catedral. Publiqué un libro y docenas de artículos. Acudí a la Convención Nacional Democrática, en agosto. A fin de año me tocó presidir el juicio del Tribunal Electoral del Pueblo Chiapaneco, en que un jurado popular de unas cincuenta personas, que hablaban cuatro lenguas, condenó con pruebas abundantes el proceso electoral que acababa de elegir gobernador…

    Desde 1994 no he dejado de participar en actividades convocadas por los zapatistas y de actuar en resonancia con ellos, tanto teórica como políticamente. Tuve el honor de ser uno más del centenar de sus asesores en las negociaciones de San Andrés, en 1996, y me han invitado regularmente a seminarios y otros eventos en San Cristóbal de Las Casas.

    En Oaxaca, a principios de este siglo, formé junto con organizaciones indígenas y no indígenas la Universidad de la Tierra en Oaxaca como un espacio autónomo de aprendizaje, que intenta estar inmerso en el movimiento social oaxaqueño. La idea se ha extendido. Compartimos la experiencia con algunos amigos que crearon por su cuenta, en forma autónoma, unitierras en California (Estados Unidos), Manizales (Colombia) y Toronto (Canadá), así como en Chiapas y Puebla, en México, y nacen ya pequeñas unitierras comunitarias, como la de San Pablo Huitzo, Oaxaca. En Unitierra tomo parte en nuestras actividades en comunidades, en el conversatorio semanal que ya lleva 15 años, en grupos de estudio y en una variedad de iniciativas.

    Unitierra participó intensamente en la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (la APPO) que en 2006 creó lo que ha dado en llamarse la Comuna de Oaxaca. Antes y después de eso, en colaboración con muchas otras personas y organizaciones, me tocó coordinar actividades como las siguientes:

  • Un empeño de unas 30 organizaciones que nos reunimos semanalmente en la ciudad de México a lo largo de un año para dar forma a una agenda de trabajo de la sociedad civil, y luego de otras tantas organizaciones en Oaxaca para realizar un empeño semejante en el estado;
  • Un esfuerzo de regeneración cultural en 400 comunidades de Oaxaca, Chiapas y Guerrero;
  • La creación y diseminación de tecnologías alternativas, varias de ellas interculturales;
  • La exposición Sin maíz no hay país en la ciudad de México, que tuvo un millón de visitantes, nos permitió publicar y circular libros, panfletos y discos y despertó iniciativas de diversos grupos, y formó parte de una lucha extensa contra los transgénicos y para la defensa de maíces nativos;
  • La regeneración comunitaria en los Valles Centrales de Oaxaca;
  • La iniciativa Tejiendo voces por la casa común, que empezó con un coloquio internacional organizado simultáneamente en la Ciudad de México, Cuernavaca, Guadalajara, Oaxaca y Puebla en noviembre de 2015 y sigue enlazando a muchos de sus participantes;
  • Conversatorios y talleres críticos en la ciudad de México y en Cuernavaca, con la Universidad Iberoamericana y en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, estimulados por el seminario “El pensamiento crítico frente a la Hidra capitalista”, organizado por los zapatistas en 2015.

    Participé en actividades relacionadas con el Congreso Nacional Indígena desde antes de su creación, en el Foro Nacional Indígena convocado por los zapatistas en enero de 1996, que llevó en octubre de ese año a su fundación. Me entusiasmó especialmente la iniciativa que lanzaron en su 5º Congreso, en octubre de 2016, en que junto con los zapatistas decidieron crear el Concejo Indígena de Gobierno, lo que hicieron en mayo de 2017. Se propusieron desmantelar los aparatos estatales podridos, no ocuparlos. Al registrar a la vocera del Concejo como candidata independiente en las elecciones presidenciales de 2018 buscarán dar visibilidad a los problemas de los pueblos indígenas, que ningún partido toma seriamente en cuenta, y exhibir el carácter del circo electoral.

    Intento actualmente organizar la publicación de mis trabajos inéditos o la de escritos que aparecieron en publicaciones marginales. Trato también de escribir nuevos libros, el principal de los cuales es actualmente el que he concebido con Manolo Callahan para mostrar la utilidad de yuxtaponer el pensamiento de Marx, Illich y los zapatistas al tratar de entender la situación actual y construir un mundo nuevo.

    He dirigido diversas publicaciones y suplementos periodísticos y he tenido una columna en diversos periódicos; actualmente la tengo en La Jornada y ocasionalmente en The Guardian y publico artículos en diversas revistas nacionales y extranjeras.

    Me gano la vida organizando diversas iniciativas con dos universidades o dando conferencias en México o en el extranjero.

    Vivo en San Pablo Etla, el pueblo zapoteco de Oaxaca en que me arraigué hace 30 años, junto con mi compañera de vida y de trabajo. Mis dos hijas, mi hijo, mis dos nietas, mi nieto y mi bisnieta hacen sus propias vidas en otras partes.

    San Pablo Etla, agosto de 2017