¿Nada pasa?

Nuestros 43 y Berta Cáceres son ya símbolos del momento y del estado de cosas. Hacen evidente la manera en que el capital y sus cómplices gubernamentales cometen impunemente toda suerte de crímenes al profundizar el despojo sin precedente que caracteriza la situación actual. Revelan también la resistencia que se extiende con vigor. La estrategia mortal y destructiva de arriba está encontrando sus límites naturales, humanos y políticos.

Las movilizaciones nacionales e internacionales que sigue suscitando Ayotzinapa y ahora cunden por Berta y para proteger a Gustavo Castro han mostrado vigor inusitado, capacidad de concertación, velocidad de respuesta. Cada tanto movilizaciones de este género consiguen resultados puntuales: la liberación de un preso político, la defensa de un territorio, la cancelación de una obra, la expulsión de una corporación…

Pero mucha gente se sigue preguntando por qué nada pasa, por qué no se produce un levantamiento que ponga un alto al horror que padecemos, por qué seguimos soportando a esas clases políticas y económicas tan ­incompetentes, corruptas, autoritarias y violentas… Hace tiempo prevalecen las condiciones que en el pasado produjeron alzamientos y revoluciones. ¿Por qué ahora no?

Es cierto que los de arriba han aprendido a prevenir y combatir la respuesta popular. El Informe Ayotzinapa permite sospechar, por ejemplo, que usan nuevos procedimientos para impedir identificación y castigo de los culpables. Las técnicas de represión preventiva combinan el asesinato de dirigentes con el uso de provocadores y la infiltración de las organizaciones para dividirlas o lanzarlas al vacío. El recuento y renovación de lo que hacen es amplísimo. Pero no bastan para explicar lo que está pasando o dejando de pasar.

El cinismo y la impunidad de los de arriba parece sustentarse en lo que aparece como el fortalecimiento de lo que seguimos llamando derecha. Necesita explicación lo que ha ocurrido en Argentina, Bolivia, Brasil, Venezuela y muchas otras partes. ¿Por qué, en unos cuantos años, la extrema derecha aumentó sus votos en Francia de 15 a 30 por ciento y en algunos distritos a 40 por ciento? Según Piketty, tal evolución se debe en parte al profundo desencanto con la forma en que han gobernado los gobiernos de izquierda. Es una afirmación sobre Francia que puede aplicarse sin dificultad a todos los demás casos.

Entramos así en la pista de otras respuestas. No sólo los de arriba han aprendido. También los de abajo. Los alzamientos y revoluciones que removieron y sustituyeron a los dirigentes no produjeron los resultados que se buscaban. Causaron en general meros reacomodos en las clases dominantes, convirtiéndose en simples golpes de Estado, hasta en aquellos casos en que hubo amplísima movilización, participación popular y algunos cambios sustantivos en la orientación de las políticas públicas y la estructura social. Recordemos Nicaragua.

En 1993, cuando los zapatistas estaban haciendo los últimos preparativos para el levantamiento del primero de enero de 1994, nació el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (Copinh), que dirigía Berta Cáceres. Junto con otras mujeres de la organización, fue de las primeras en proclamar el no tenemos miedo que se generalizó y se convirtió con el tiempo en el lema actual: Nos quitaron tanto que hasta el miedo nos quitaron. Llegó la hora de decir ¡Ya basta!

No es por miedo que no se produce el levantamiento general. Es cierto que la mayoría de la gente no quiere provocar la violencia que inevitablemente acompaña un alzamiento contra los poderes constituidos, pero tampoco parece ser éste el factor que detiene la forma tradicional de reaccionar ante la situación insoportable. Se ha sedimentado la experiencia de que el mero cambio de dirigentes es insuficiente y que ni siquiera grandes reformas de los aparatos bastan.

Muchos, todavía, apuestan al voto porque abrigan la ilusión de que algo cambiará con eso… o porque no ven de otra. Pero otros más han adquirido la convicción de que sólo es posible confiar en la propia gente; no entregan su voluntad a ningún líder o partido. Se sacudirán a los de arriba cuando hayan logrado que los de abajo, con su organización, puedan controlar el proceso de cambio e impedir que alguien aproveche las turbulencias para hacerse de nuevo del control hegemónico. Y eso, avanzar en la construcción desde abajo y articular conscientemente las iniciativas, en forma horizontal y no partidaria, es lo que ha estado pasando en todas partes. Es lo que teje misteriosamente los hilos del Copinh, Ayotzinapa y Chiapas con Ferguson, Palestina y muchos puntos más de la nueva geografía de la resistencia y la transformación.

Duele profundamente la muerte de Berta Cáceres, y no es consuelo ver florecer las semillas que dejó sembradas o la fortaleza de la organización que dirigía. Preocupa cada vez más la situación de Gustavo Castro, expuesto a múltiples acechanzas, y no desvanece la preocupación el orgullo de escuchar su valor, entereza y la satisfacción de ver el respaldo que recibe.

Sin negar el dolor y la preocupación, que no deben abandonarnos, necesitamos tener los ojos bien abiertos a todo lo que pasa. Está pasando lo que debe pasar.