Los nuevos riesgos

12 de septiembre de 2016

No será fácil vivir sin presidente.

Se mantendrán rituales presidenciales en torno a Enrique Peña. Tendrán el mismo carácter que los rituales que aún se realizan en torno a la reina de Inglaterra, pero habrá una diferencia sustancial. La reina Isabel sabe desde hace muchos años que su país ha dejado de ser una monarquía y que ella no lo gobierna. Cumple con dignidad las funciones rituales que se le encomiendan. Enrique Peña, en cambio, seguirá sorprendiéndose de lo que pasa y creerá que sigue a cargo del gobierno. Fortalecerán esa ilusión los coros serviles a su alrededor y algunos apoyos inesperados, como el de AMLO.

No será fácil lidiar con la nueva situación. Se hablaba en México, con razón, de una presidencia imperial. El presidente tenía en nuestro país inmenso poder. Hasta el último cacique de pueblo se apresuraba a buscar contactos con el elegido, cada seis años, porque de él dependería su fortuna. Tanto las estructuras políticas como la población se acostumbraron a tener esta referencia como dato de la realidad. Era peligroso no tomarla en cuenta. Tal percepción se volvió hábito arraigado y no desaparecerá fácilmente.

Esa inercia impidió a muchos aquilatar debidamente el desmantelamiento de la presidencia imperial en los últimos 20 años. Como el PRI estaba literalmente colgado de la figura presidencial, se produjo inmenso desorden en sus filas en 2000, cuando perdió las elecciones. Pocos, dentro y fuera del partido, se dieron cuenta de que se había convertido en una coalición inestable de mafias, las cuales se unían sin mucha convicción en coyunturas específicas, como las elecciones presidenciales. A la llegada de Peña se pensó que el PRI volvería a ser lo que era. Contra toda realidad y experiencia, hay quienes siguen alentando esa ilusión.

Existe gobierno, capacidad real de conducción de comportamientos y acontecimientos, cuando una mayoría de la población cree seriamente que la persona y las instituciones de gobierno tienen esa capacidad, cuando la mayoría de la gente considera que esa persona está gobernando, que puede hacerlo, aunque sea muy impopular y las decisiones que toma produzcan rechazo o descontento. Mientras esa convicción se mantenga en la mayoría, habrá gobernabilidad, los gobernados seguirán siendo guiados por los gobernantes, sin importar que estén o no de acuerdo con lo que hacen y dejan de hacer.

Esa capacidad no depende del uso de la fuerza. Napoleón, que algo sabía de estas cosas, decía con razón que las bayonetas sirven para muchas cosas… menos para sentarse en ellas. Sabía bien que con las bayonetas se puede destruir un pueblo o un país, pero no se le puede gobernar, como los estadunidenses aprendieron hace poco en Irak. Puede intimidarse a la gente y someterla por miedo, pero así sólo se creará la ilusión de que se le gobierna, una ilusión que más temprano que tarde se desvanecerá.

Hay un peligro real de que Peña recurra a la fuerza cuando despierte al hecho de que perdió toda capacidad de gobierno y que la semana Trump fue solamente la gota que derramó el vaso. Se necesitará astucia e inteligencia, dentro y fuera de las estructuras políticas, para impedir que eso ocurra.

El peligro se agrava porque se soltaron rápidamente todos nuestros demonios. Fuerzas que estaban ya en disputa en la perspectiva de la sucesión están recomponiéndose y empiezan a operar en el nuevo contexto. Saben bien que los enroques del gabinete sólo aumentan la debilidad de Enrique Peña y no generan estabilidad alguna.

Trato de enfriar la pluma, si cabe aún esta expresión en la era de las computadoras. Trato de enfriar el ánimo también. Me esfuerzo en refutar mi argumento y en aducir que estoy exagerando, que el Presidente seguirá ahí, a cargo del gobierno. Pero ya no está. Y él mismo sigue lanzándose al vacío. ¡Ni siquiera Fox, quien trabajó para la Coca-Cola, se atrevió a actuar como su agente de ventas!

Se intensifica la neohabla orwelliana de los funcionarios. Señala Peña que el gobierno se apretará el cinturón en 2017 y el nuevo secretario de Hacienda habla de un presupuesto con responsabilidad social. ¿Quién se apretará el cinturón? No serán ministros, magistrados o altos funcionarios, que conservan todos sus privilegios; el Presidente tendrá aumento de sueldo. Se recortará brutalmente el gasto en educación y salud. ¿Dónde están el sentido de responsabilidad, la preocupación por una educación de calidad y la cobertura universal?

No será fácil vivir sin presidente. A pesar de los riesgos que implica, al multiplicarse el juego insano de todas las fuerzas que buscan conquistar lo que queda del maltrecho aparato estatal, podrá también abrirse un espacio de oportunidad. Por ejemplo, podrán empezar a caer cabezas de gobernadores, como el de Morelos, que carecían ya de todo sustento propio. Y podremos seguir aprendiendo cómo conducirnos en las mil formas de gobierno autónomo que se han estado poniendo a prueba en el país.