El desastre moral

Una frase de un libro notable me trae a mal traer. No sé bien qué hacer con ella.

Evicted: Poverty and Profit in the American City (Desalojados: pobreza y ganancia en la ciudad estadunidense), el libro de Mathew Desmond, que acaba de aparecer, describe cómo 10 por ciento de los estadunidenses son continuamente desalojados. Más de 10 millones dedican la mitad de su ingreso a la renta, algunos hasta 80 por ciento; el resto es para comer, sanar, transportarse, pagar la escuela… Como no les alcanza, fallan continuamente en el pago de la renta y se les desaloja. Los niños pierden amigos y escuela, los adultos empleo. El desalojo debilita la estructura familiar, el tejido social local, los fundamentos mismos de la convivencia social.

Desmond aborda todo esto con impresionante rigor. Su compromiso con las personas cuyas historias cuenta atraen más que sus estadísticas y datos duros. Sus relatos son vívidos y perturbadores. Es inevitable llorar con algunos de ellos. Ante la pobreza profunda y cruel que revela tiene un mensaje claro: Ningún código moral o principio ético, ningún elemento de las Escrituras o enseñanza sagrada, puede evocarse para defender esto en que hemos dejado que nuestro país se convierta.

Sin remedio, pienso en México, más que en Estados Unidos. ¿Cómo fue que permitimos que nuestro país llegara a los extremos actuales de degradación moral, de atrocidades sin cuento?

Si de algo puede responsabilizarse con fundamento y sin atenuantes a la coalición inestable de mafias que seguimos llamando PRI es al deslizamiento cínico y constante hacia el abismo moral.

No es imposible pero sí difícil encontrar funcionarios probos. El principio de Hank, Un político pobre es un pobre político, que se arrastra probablemente desde Obregón y sus cañonazos de dinero, se hizo universal. No hay funcionario de alto nivel que termine su función en la pobreza. A salarios y prebendas tan descaradamente obscenos como los que tienen actualmente los ministros de la Suprema Corte, los más altos del mundo, se agregan las innumerables corruptelas que forman parte del quehacer habitual en el ejercicio de las funciones públicas.

Lo que empezó en las cúspides de las estructuras de gobierno se extendió poco a poco a todos los niveles, hasta llegar a las ventanillas más bajas, a menudo en forma compulsiva, como exigencia de arriba. Lo más grave es que contaminó también a la sociedad entera. Un gran número de empresarios constituyó y opera sus negocios en la corrupción, que a menudo se convierte en requisito de existencia. Privado, en propiedad privada, viene de privar; en toda riqueza privada hay despojo original. En la operación capitalista misma hay despojo, cuando el capitalista se apropia del plusvalor generado por sus trabajadores. Quizás no vean ese aspecto de su condición los empresarios mexicanos que van cada domingo a misa, pero llevan sin remedio a cuestas el peso de las corruptelas infinitas que forman parte de su existencia cotidiana, para sobrevivir ante altos funcionarios que exigen su comisión o pequeños inspectores que requieren mordida. Estas condiciones de las élites políticas y económicas, que ejemplifican bien los relatos recientes de la historia de Slim, han contaminado hasta el último rincón de la vida social. Para un gran número de personas, en los niveles más bajos de la escala social, alguna forma de transa, a veces mínimos engaños –unos gramos menos en el kilo de algo que se vende– es condición de supervivencia.

Forjar, extender y profundizar esta situación ha sido la clave para desmantelar el tejido social a todos los niveles, destruyendo las bases de la organización y la resistencia para acentuar las formas más dramáticas de individualismo características del modo capitalista de producción.

Como todo esto se estableció al mismo tiempo que las prácticas violentas, el ejercicio arbitrario de la fuerza, la tortura, el asesinato, el secuestro y desaparición de personas, la opresión y violencia sexistas, se destruyeron en forma cada vez más extendida códigos morales y hábitos de convivencia… hasta llegar adonde estamos.

Desmond destaca lo que aparece aún como nuestra última esperanza: entre los más pobres subsisten formas de generosidad, códigos morales y principios éticos que son cada vez más escasos en otras capas sociales. Ahí puede encontrarse la semilla de la regeneración. Entre nosotros, aún puede hallarse todo eso en comunidades indígenas o barrios populares de las grandes ciudades. Sin un principio fundamental de ayuda mutua y sin códigos morales respetados, la subsistencia es imposible para los más pobres.

No debemos olvidar que el coraje revolucionario, la organización social, la resistencia, la construcción del mundo nuevo, son imposibles sin fibra moral. Es la que perdieron gobiernos, funcionarios y partidos de izquierda. Sólo puede recuperarse desde abajo.