Disputar la palabra

Para recuperar la política, necesitamos disputar la palabra.

La escasa credibilidad que aún tenían los políticos se desvanece todos los días. Según una encuesta reciente, sólo 4 por ciento de los morelenses tiene aún confianza en algún partido político. Algunos ciudadanos sin partido se han ganado la confianza popular; en contraste con los políticos, se ocupan de los asuntos que realmente interesan a la gente, le hablan en forma respetuosa y comprensible y son coherentes: hacen lo que dicen, cumplen sus promesas.

La gente sigue votando. Lo acaba de hacer en Morelos. Cuenta el acarreo, el voto forzado, el de unos cuantos convencidos o ilusionados y hasta el de quienes votan por sentido de deber cívico. Pesa una tradición. Por 70 años México tuvo la democracia más eficiente del mundo: se sabía el resultado de la votación antes de que tuviera lugar. El día del destape todo el mundo sabía el nombre del siguiente presidente. No se votaba pensando en que mediante la agregación estadística de opiniones individuales se conseguiría algún propósito político. Se votaba por obligación, por compromiso o porque la votación permitía negociar con las autoridades.

Aunque la oposición política inventada por el PRI-gobierno en los años 70 creó algún juego para posiciones menores y en el año 2000 produjo la gran sorpresa, ha regresado el desinterés. El número de quienes confían seriamente en lograr algún propósito político mediante el voto sigue siendo minoritario… y decreciente. México ocupa el último lugar, entre los países del mundo, en la categoría de aceptación de la democracia.

Los políticos, sin embargo, amafiados con los medios comerciales y las corporaciones, ocupan buena parte del espacio mediático tradicional e invaden cada vez más las alternativas. Muchos caciques tienen su radio comunitaria. Políticos y partidos usan cada vez más teléfonos y redes sociales para hacer su propaganda. Pocos resquicios del espacio virtual o físico se libran de su presencia.

Cada vez más, en esas intervenciones, se ocupan de destruir la palabra, de despojarla de significado. La neohabla que concibió George Orwell como expresión autoritaria para su 1984 quedó establecida desde ese año. Como en los ejemplos de Orwell, paz significó guerra. Se implantaron expresiones que eran una contradicción en los términos: protección nuclear, inteligencia militar

Despojar de sentido a las palabras es un dispositivo más para producir nuestra fragmentación, para que nos separemos unos de otros. No podremos hablarnos, entendernos, si las palabras pierden su significado.

Es cierto que la forma en que el gobierno destruye el lenguaje acelera su desprestigio. El ejemplo reciente de la captura de El Chapo ilustra bien el proceso. Las redes sociales y los caricaturistas ridiculizaron rápidamente los excesos declarativos de las autoridades. Se ha escuchado que en muchos está la duda, y eso ayuda, comentó el arzobispo de Oaxaca, porque eso quiere decir que se perdió la credibilidad. Se habla ya de chapocerías para referirse a chapuzas, estafas y engaños de los gobernantes. Un exaltado secretario de Gobernación se animó a declarar: No existe delincuente que esté fuera del alcance del Estado mexicano…cuando todo el mundo sabe que se pasean libremente por las calles delincuentes como Ulises Ruiz o los asesinos de Acteal, y que 97 por ciento de los delitos quedan en la impunidad. Y en esta época de supremo desgobierno, agregó: La gobernabilidad del país está garantizada. Embajadores habitualmente circunspectos, que escucharon estas y otras atrocidades, prorrumpieron en aplausos, cantaron el Himno Nacional, lanzaron vivas a las autoridades mexicanas y afirmaron que esto cambiaba por completo el panorama para el gobierno y para el país. Sic. Así dijeron. La captura de un delincuente, para la que supuestamente “se realizó un intenso y cuidadoso trabajo de inteligencia e investigación criminal“ –aunque, según parece, se consiguió gracias al pitazo anónimo de una señora– ¡habría cambiado por completo el panorama!

Necesitamos recuperar la palabra, la nuestra, su sentido. Hace falta hablarnos, compartirnos las percepciones del horror al que estamos sometidos, de la guerra que se libra contra nosotros. La seguridad y prosperidad que continuamente se nos ofrecen producen claramente lo contrario: miseria general, violencia, incertidumbre.

A veces se trata de devolver a una palabra su sentido original. Otras veces se trata de desmontar la operación engañosa, hacer evidente el engaño, la trampa, como ocurrió rápidamente con diversas chapocerías. Y se trata siempre de mantener el significado de nuestras palabras con sentido común, el sentido que se tiene en comunidad.

No debemos ceder ni un palmo en la disputa para proteger nuestras palabras.