Semillero

 11 de mayo de 2015

Llegaba a su fin el seminario El pensamiento crítico frente a la hidra capitalista. En plena ceremonia de clausura, este sábado, nos llegó la noticia: estaban reprimiendo a compañeros en San Quintín. Se confirmaba del modo más infortunado lo que habíamos estado analizando. Como subrayó el subcomandante Moisés, esto nos anunciaba que a lo mejor ya no teníamos el tiempo que creíamos tener. Que la tormenta se intensifica y nos ataca. Que se nos juntan los dolores. Que no sanamos aún de Ayotzinapa, que seguimos esperando a nuestros 43, y llega esto. Y que esto nos exige, si algo aprendimos en el semillero, una reacción inmediata para encontrar cómo avisarnos, cómo cuidarnos unos a otros, cómo tejer nuestras historias.…

Creo que a nadie le tembló la pluma o la palabra cuando se trató de caracterizar el horror. Estábamos cargados de emoción, pero también de rigor analítico e histórico. Pudimos mostrar, descarnadamente, muchas cabezas de la hidra y también la forma en que cortarlas las multiplica. Nos quedó claro también que, a pesar de tan brillantes y múltiples y sólidos análisis, todavía nos falta mucho: apenas empezamos. Pero al menos fue posible tender el suelo teórico y práctico en el cual se pueden sembrar las semillas del saber que aprendimos, para cultivarlo a la manera de cada quien en los viveros que en cada lugar sea posible levantar.

La tarea inmediata quedó clara. Al regresar a casa, sin precipitaciones irresponsables, pero con sentido de urgencia, tenemos que multiplicar los semilleros. Quienes tenemos colectivos, asambleas, espacios propios de reflexión, formas autónomas de pensar y actuar, debemos compartir en ellos cuanto aprendimos, sea para aventurarse por los caminos novedosos que se abrieron o para recorrer de nuevo, con ojos renovados, los que hemos transitado mil veces. Quienes carecen de esos espacios necesitan crearlos, aunque sea con dos amigos o amigas cercanos.…

Una de las cosas más importantes del semillero fue encontrar coincidencia puntual sobre la gravedad del momento. Desde las más diversas posiciones, en un amplio espectro en que se hicieron evidentes diferencias importantes, reconocimos los peligros inmensos que pesan sobre nosotros, un nosotros que ya es enteramente general: nadie se escapa.

Y sí, fue fascinante. Pero la verdad llegamos inquietos al encuentro. Qué hacer ante esta circunstancia tan sobrecogedora, tan amenazante, tan inmediatamente catastrófica, una condición que no deja lugar alguno al optimismo y apenas a la esperanza. Nos hacíamos la vieja pregunta una y otra vez, porque sabíamos que ya no funcionan las viejas respuestas. Pero aún pesan: la imaginación se paraliza cuando se les abandona radicalmente.

No obtuvimos una respuesta. Escuchamos muchas. Esa es la naturaleza de las resistencias y las rebeldías de hoy. No consisten solamente en oponerse a algo, para resistir la agresión de cualquiera de las cabezas de la hidra. Quedó claro, para muchas y muchos de los que participamos en el semillero, que la única forma efectiva de actuar es multiplicar los no, los rechazos radicales a cuanto nos acosa y nos oprime, y en esa misma operación multiplicar los sí, las formas diversas de construir el mundo nuevo. Creo que muchas y muchos aprendimos también una lección central: no aferrarse a una posición sobre lo que puede ser mejor.

Una y otra vez, en las palabras reiteradas del subcomandante Moisés, los zapatistas nos quitaron las ganas y la capacidad de idealizarlos y también nos hicieron ver que tampoco debemos imitarlos. Era necesario practicar esa operación casi quirúrgica. La emoción de estar en territorio zapatista, la huella que dejó la escuelita en muchos participantes, la gesta de estos 30 años, la vitalidad de una iniciativa que parece ser la más radical e importante del mundo, y hasta el hecho mismo de que los zapatistas nos convocaron a este semillero con su tradicional sentido de la oportunidad política, todo eso junto llevaba a perder sentido de realidad. Aunque fuera viable y sensato reproducir esta experiencia tal cual, en los lugares de cada quien, no tenemos ya el tiempo que ellos y ellas tuvieron.

Uno de los desafíos más difíciles, de los muchos que nos llevamos, es cómo compartir estas reflexiones y hasta el sentido de urgencia con compañeros y hermanos que parecen distraídos, que no perciben ni sienten la gravedad de la situación actual, que aún abrigan esperanzas de que las cosas regresen pronto a la normalidad y que, por tanto, se aferran todavía a los caminos habituales. ¿Cómo encontrar los términos sencillos que permitan compartir sin ofender y abrir a este despertar otras mentes y corazones con los que necesitamos hermanarnos?

Nos trajimos muchas cargas sobre los hombros. Pero son hombros renovados y llenos de ánimo. Podemos andar y hasta trotar con ese nuevo peso.