La tormenta en Oaxaca

 31 de agosto de 2015

Lastimada, ofendida, humillada, Oaxaca prepara la respuesta.

Millones de oaxaqueñas y oaxaqueños, de quienes viven en Oaxaca o de los que han sentido en carne propia la ofensa a su terruño aunque estén muy lejos de él, comienzan a expresar su digna rabia.

Padecemos, como todos los mexicanos, el reino de la impunidad. Su símbolo espectacular fue la fuga de El Chapo, con la cual se dio amplia publicidad nacional e internacional al tratamiento que reciben en el país ciertos criminales. La versión más cínica de esa tónica de impunidad es la exoneración formal de Peña y Videgaray por sus adquisiciones de la Casa Blanca y otras propiedades. Su expresión más atroz es sin duda haber dejado en libertad a dos de los autores intelectuales del asesinato del maestro Galeano en La Realidad, el 2 de mayo de 2014. Impunidad sin concesiones, dice bien Magdalena Gómez al comentar esta operación, que forma parte de una serie bien conocida que incluye Tlataya, Tanhuato, Apatzingán, Ayotzinapa… La plaga se manifestó puntualmente en Oaxaca cuando Gabino Cué extendió a Ulises Ruiz certificado de impunidad, cuando todavía no culminan los trabajos de la Comisión de la Verdad que está examinando sus crímenes. Al mismo tiempo, quitó a sus miembros la protección tutelar que requerían para realizar sus tareas.

Forma parte de la ofensa la extensión del estado de excepción no declarado que se impone al país. Este uso de la ley para establecer ilegalidad caracteriza la creación del nuevo Ieepo, que abandona 30 años de compromisos formales y anula derechos bien constituidos. Es la misma tónica de las nuevas leyes en materia indígena que acaban de promulgarse. Representan un claro retroceso respecto a lo que habían conseguido los pueblos indios en el curso de las últimas décadas; entre otras cosas, implica secuestrar su capacidad autónoma de gobierno. Este proceso, por el que se desmantelan paso a paso, tanto por grupos sociales como por áreas geográficas, todos los elementos del estado de derecho, se extenderá pronto a las zonas económicas especiales, con las que el gobierno federal amenaza ahora a Chiapas, Guerrero y Oaxaca. Estas zonas no son un estado dentro del estado, como se ha dicho. Son áreas en que se abandona el diseño formal del estado y no quedan más derechos y libertades que los de la propiedad privada, del capital; es decir, son áreas en que se manifiesta sin velos, a la vista de todos, la naturaleza real del régimen político del Estado-nación, que fuera de ellas se disimula bajo la fachada de la democracia representativa. Requiere análisis cuidadoso lo que estas zonas representan. Es un atropello aún más grave que las concesiones mineras y otras formas de despojo.

Se hace cada vez más evidente que los maestros fueron pretexto circunstancial y fallido para traer a Oaxaca 15 mil gendarmes militarizados. Está a la vista que su presencia se debe más bien a la necesidad de prevenir y en su caso impedir la resistencia de los pueblos, que defienden su territorio y su vida ante todos los despojos que están sufriendo.

Nuestro desafío principal consiste en transformar el descontento cada vez más general y la digna rabia que cunde en amplios círculos de la sociedad oaxaqueña en una forma eficaz de resistencia organizada. Y el desafío, aún mayor, es convertir esa resistencia en capacidad de transformación.

Ha sido estimulante constatar la rápida circulación del cuchicheo. En pequeños grupos, hasta de tres amigos en un café, en reuniones más amplias, en asambleas, en foros, bajo las más variadas circunstancias, nos hemos puesto a analizar la situación y a prepararnos para lo que sigue. Se llega rápidamente a consensos sobre la gravedad de la situación. Se manifiesta sin reservas la rabia que nos provoca la acumulación de ofensas y arbitrariedades. Se producen desahogos necesarios, en la intimidad que se afirma en tejidos comunitarios. Se despierta la imaginación sociológica y política para concebir formas de respuesta. Y se produce, con frecuencia, la articulación indispensable para organizar la resistencia. Circulan ya declaraciones colectivas que definen una toma de posición.

Ante la ocupación militarizada de Oaxaca y a medida que el gobernador, el Congreso estatal y el gobierno federal renuncian a formas civilizadas de gobernar, la gente se apoya en los sedimentos de la experiencia acumulada, particularmente la de 2006, para organizar acciones que permitan trascender la circunstancia. Sabemos ya, incluso por experiencias muy recientes, que no basta decir que no, oponernos al despojo, a la militarización y a todo lo que no queremos. Para vertebrar la resistencia y darle sentido necesitamos expresarla como construcción de una alternativa. En eso estamos. Imaginándola y tratando de darle realidad.