Insania

  13 de abril de 2015

Es sano discutir en el país entero la cuestión electoral. Son minoría quienes se aprestan a participar o no en el ejercicio sin mayor reflexión. Aumenta, en cambio, el número de quienes se preguntan con seriedad, quizá como nunca antes, si tiene sentido votar.

Estamos en una condición desastrosa. La mitad de las familias mexicanas no pueden pasear alrededor de su casa por la noche ni dejar que sus niños jueguen en la calle; vivimos en el temor. Aumenta el número de muertos, secuestrados, desaparecidos, agredidos o asaltados, lo mismo que el de desempleados y personas que están por debajo de la línea de la pobreza. Los servicios de educación, salud y transporte se hallan en abierto deterioro. Las libertades son cotidianamente canceladas y los derechos habitualmente violados. Un pueblo tras otro se ve obligado a poner dura resistencia, porque las tierras que conquistaron con una revolución están amenazadas: la mitad del territorio mexicano se ha entregado a corporaciones privadas, y el gobierno conspira con ellas para desalojar a sus legítimos dueños. La destrucción ambiental se profundiza y causa daños irreversibles.

La lista de males es interminable. Son cada vez más graves. No podemos continuar así. ¿Es posible impulsar el cambio que hace falta con el voto o la abstención? Aparentemente, tanto una radical descalificación del grupo en el poder, mediante votos adversos o boicot, como su triunfo electoral masivo y contundente pueden resultar insignificantes ante el desastre. Cambiar la composición partidaria de algunos órganos de gobierno o restar legitimidad a los gobernantes no tendría mayor impacto en la situación. En realidad, ningún resultado electoral sería relevante… salvo para quienes quieren apoderarse de un pedazo del pastel político.

El nivel de incompetencia y corrupción de los gobernantes actuales es casi imbatible. Pero no bastaría removerlos y poner a otros, así los nuevos fueran ángeles de bondad, honradez y competencia, que no vemos, por cierto, entre los candidatos. No bastan cambios de personas e incluso de políticas. Necesitamos sustituir las instituciones mismas y el régimen económico y político al que corresponden, lo cual no puede hacerse desde arriba, mediante ingeniería social. No sirve votarlos ni botarlos.

Se elude la discusión de fondo al aducir que no votar fortalece al Partido Revolucionario Institucional, que no se debe abandonar esa trinchera estratégica de la lucha política, que hay candidatos o partidos confiables, que votar es derecho y obligación irrenunciables, que nuevos dispositivos prevendrán el fraude… Son argumentos frágiles. El hecho de que un partido esté aumentando su nivel de aceptación mediante trucos sucios que violan las reglas del juego ilustra bien el carácter de una jornada electoral que tendrá los vicios de siempre. Votar no será remedio de los males que padecemos. Pero tampoco será no sufragrar, como prueba la experiencia de hace seis años, cuando dejaron de hacerlo dos terceras partes de los mexicanos.

No somos culpables de lo que ha ocurrido y sigue sucediendo. Pero tenemos que aceptar nuestra responsabilidad: dejamos que ocurriera esta degradación. No podemos seguir delegando en otros el remedio, que pasa necesariamente por cada uno de nosotros. Se trata, ni más ni menos, de reconstruir nuestra sociedad desgarrada y semidestruida, de recuperar lo que nos queda de país, de crear un nuevo orden social verdaderamente democrático, en el cual no se reduzca la democracia a un periódico circo mercadotécnico, organizado por la minoría rectora para su propia reproducción, para que el uno por ciento se perpetúe en el poder.

No hay recetas universales para lo que necesitamos hacer. En el ámbito de cada quien, con la organización que corresponde a nuestras diversas circunstancias, debemos poner manos a la obra. Hay lugares en que parece posible hacernos del control de nuestras vidas y organizar una resistencia eficaz. En otros habrá que conformarse con menos. En todos los casos se necesitará nuestra imaginación, nuestro coraje.

En vez de que nuestros actos sean irrelevantes, se trata de hacerlos irrelevantes a ellos y a su sistema de dominación, desmantelando la necesidad de todos los aparatos estatales y las corporaciones privadas.

Es una definición de insania esperar que se produzca un resultado diferente si se realiza la misma acción. Hemos votado y dejado de sufragar con resultados siempre insatisfactorios. ¿Por qué esperar que ahora sea diferente?

No votar puede expresar un rechazo eficaz a las clases políticas y reflejar una conciencia lúcida de la situación. Pero no debemos permitir que se confunda con apatía o indiferencia. Esa postura tendrá sentido desde organizaciones capaces de enfrentar dignamente la tormenta perfecta en que nos encontramos. No es cosa de individuos sueltos, que voten o no según el ánimo del día. Se trata de grupos, colectivos, comunidades y organizaciones, grandes y pequeños, que han decidido luchar, porque sólo así pueden vivir y manifiestan organizadamente su postura.