El lugar de la esperanza

16 de febrero de 2015

La desaparición de un ser amado es uno de los peores males que alguien puede sufrir. No es sólo la incertidumbre que provoca. Es preguntarse cotidianamente si no le estará ocurriendo lo que a muchos que han aparecido, cuyos cadáveres mostraron huellas de tortura salvaje y atroz antes de ser asesinados. ¿Cómo evitar la desesperación? ¿Cómo enfrentar serenamente el misterio del mal, este mal abrumador que nos acosa?

En los últimos dos años desaparece en México una persona cada dos horas. Cada dos horas. Tenemos hoy, en ese drama, a decenas de miles de familias. Hay otros muchos cuyos seres amados fueron bárbaramente asesinados y millones de desplazados. La tercera parte de la población se ha visto obligada a vivir fuera del país.

Los familiares de los estudiantes de Ayotzinapa nos han permitido vivir junto a ellas y ellos ese drama que conmueve profundamente y experimentar a su lado una forma de respuesta que no se hunde en la desesperación. Despertaron a millones, dentro y fuera del país. Con ánimo sorprendente, con tanto coraje como imaginación, no dejan a nadie en paz. No quieren que los dormidos regresen al sueño, que vuelva la indiferencia, que cunda el olvido, que los de arriba se laven las manos.

Hasta Naciones Unidas, con manos y lengua atadas por la estructura y reglas que definen al organismo, ha tenido que reaccionar. El Comité de la ONU contra las Desapariciones Forzadas no sólo acaba de reconocer formalmente ese estado de cosas. Ha criticado también al gobierno mexicano por la impunidad que prevalece ante esos delitos cotidianos y por no atribuir la prioridad que se requiere a la búsqueda de los desaparecidos. Le exigió investigar a todos los agentes y órganos estatales que pudieran haber estado involucrados, así como agotar todas las líneas de investigación. El comité formuló una recomendación crucial al recordar la responsabilidad de los mandos superiores de quienes cometen delitos.

Persiste la combinación de ceguera y cinismo de quienes se ocupan del negocio de gobernar y de sus amigos y cómplices. Persiste también la indiferencia, la apatía o el temor de mucha gente. Persiste igualmente la fervorosa adhesión a algún líder carismático y sus cohortes, por parte de quienes aún creen que él podría detener el horror, primero, y luego seguir el camino progresista de otros dirigentes de América Latina. Aunque el descontento es cada vez más general, incluso entre los patrocinadores y beneficiarios del actual gobierno, muchos no saben qué hacer, otros no consideran realistas los caminos que no pasan por el ejercicio electoral y otros más están dispuestos a cambiarlo todo…para que nada cambie: que se sustituya a todos los responsables de nuestro drama, que se den golpes bruscos de timón y que haya gran alharaca, pero todo ello dentro del marco vigente, en el Estado-nación, la democracia representativa, la sociedad económica, el desarrollo, el capitalismo… Creen ilusorio o peligroso intentar otra cosa.

Al mismo tiempo, se extiende y cobra vigor y organicidad la movilización ciudadana. El 5 de febrero se pusieron en marcha dos iniciativas paralelas que en el camino podrán entrelazarse para diversos empeños. Es impresionante la coincidencia en sus diagnósticos sobre la crisis política actual, aunque se aprecian diferencias importantes en los alcances y estilos de sus propuestas. Las dos ilustran, cada una a su manera, el deseo y la capacidad de dar forma orgánica al descontento generalizado, a la resistencia, a la rebeldía y al ímpetu transformador. En vez de parálisis y desesperación, el drama nacional está generando reacciones lúcidas, valientes y organizadas.

Una más de esas iniciativas tomará forma hoy, al instalarse en Cuernavaca una comisión multifacética de universitarios, activistas y miembros del Congreso Nacional Indígena. Se propone contribuir al diálogo y el acuerdo entre las diversas culturas que somos. Sus integrantes estamos convencidos de que no habrá justicia, paz y seguridad en el país mientras no se construya el orden social sobre la diversidad. Se trata de dar sentido concreto y eficaz a la idea que formularon los zapatistas hace 20 años: necesitamos construir un mundo en que quepan muchos mundos.

La efervescencia actual ha permeado ya a todas las capas sociales y llega hasta los más aislados rincones del país. Nuestros demonios se soltaron hace tiempo y crearon este insoportable estado de cosas en que estamos sumergidos. Ahora se han puesto en acción las fuerzas que podrán sujetarlos, al avanzar serenamente en la reconstrucción nacional. Se escapó el genio de la botella y no será posible regresarlo a ella. Se nutre así, cada día, la esperanza de dar plena realidad a nuestra emancipación.