Devaluaciones

7 de diciembre de 2015

La intolerancia y la intimidación jamás serán vías aceptables para imponerse a otros”, declaró el secretario de Gobernación el 24 de noviembre. En los siguientes días, decenas de miles de policías impusieron la evaluación a maestros de Oaxaca y Guerrero. Pasó ya el punto de ruptura de esta forma orwelliana de hablar, la que machaca continuamente en los medios que la guerra es paz y la miseria prosperidad, la que sostiene que nuestra actual caída en el abismo es seguro camino al paraíso. Contradice de tal manera la realidad que provoca rechazo radical y profundiza la devaluación de las clases políticas mexicanas, más rápida y acentuada que la de la moneda. Su distancia de la gente y de la realidad se amplía continuamente.

Los gobiernos federal y estatal están logrando en Oaxaca lo contrario de lo que buscaban. La distancia entre la sección 22 y la sociedad había estado creciendo. La corrupción de los líderes, cuidadosamente cultivada por el gobierno; el abuso de marchas, paros y plantones; estrategias políticas equivocadas y muchos otros factores habían provocado rechazo real de amplios sectores de la sociedad oaxaqueña. Pero las autoridades cometieron un grave error, el mismo de Ulises Ruiz, al pensar que había llegado el momento de aprovechar ese estado de ánimo para someter a la sección por la fuerza.

Resulta incomprensible para las autoridades la reacción que están observando. No dejaremos solos a los maestros, dicen los pueblos indios. En la capital, incluso aquellos que estaban hartos de las movilizaciones y plantones que arruinaban el tráfico rechazan airados la militarización de la ciudad y los excesos de la represión, particularmente por la mesura actual de los maestros ante la continua provocación.

La sección 22 empieza a recomponerse desde las bases. Nació de un movimiento magisterial que por una década se mantuvo en pie de lucha sin cuotas sindicales y con todo en contra. Sus raíces sociales son profundas. El movimiento gremial se convirtió más tarde en movimiento pedagógico, para concertar con los padres y las comunidades el camino de la educación. Su estructura interna permite que los maestros recuperen desde abajo el control de su sindicato y procesen las diferencias políticas e ideológicas que los han mantenido internamente enfrentados. Pueden rehabilitar sus relaciones con padres y comunidades.

La agresiva campaña gubernamental de desprestigio ha conseguido algo más. Los maestros están cobrando clara conciencia de que el salón de clase es hoy terreno de lucha fundamental en la guerra que se libra en el país contra la gente. La evaluación, como otros instrumentos de la reforma educativa, intenta formar maestros obedientes y sometidos, dispuestos a cumplir las órdenes que vendrán. La campaña está logrando lo contrario: cunde cada vez más entre los maestros la resistencia y la rebeldía. Saben bien que en el salón de clase la correlación de fuerzas cuenta a su favor.

El estilo orwelliano se mantiene en las declaraciones sobre el supuesto triunfo de la evaluación, por haber acudido a ella 60 por ciento de los 4 mil 900 convocados en Oaxaca. Sólo un millar de ellos eran maestros de primaria de la sección 22; pocos acudieron. Más de 20 mil estaban fuera de las instalaciones donde se realizaba la evaluación, sin enfrentarse a los cuatro cercos de policías y resistiendo las provocaciones.

Es orwelliano también vincular la evaluación con la calidad de la educación. Una pregunta planteaba qué hacer si la instalación de gas estaba en riesgo de explotar y exigía decidir entre tres opciones: llamar al intendente, desalojar a los niños o llamar a los bomberos. Maestros que ya han enfrentado el riesgo saben que deben hacerse las tres cosas (si hay bomberos)… y algunas otras. ¿Y qué tiene que ver eso con la calidad de la educación? Según maestros que se evaluaron, buena parte de las preguntas eran de dar risa… o con opciones equívocas.

La evaluación no es en modo alguno irrelevante. Lleva a un extremo insoportable la compulsión de comparar y medir, inherentes al capital y a sus administradores gubernamentales, que busca controlar mentes y comportamientos y deshilar el tejido social. Como explicó el palestino Munir Fasheh hace unos días, en Oaxaca, se trata de un procedimiento peculiar de la tribu europea. Casi todas las tribus crean esclavos de algún tipo, pero sólo los de la tribu europea se sienten orgullosos de serlo. Para eso sirve la evaluación: para domesticar a los maestros, para hacerlos esclavos de la burocracia incompetente que administra la educación… y para que se sientan orgullosos de esa condición al servicio del capital, no de los pueblos.

Es difícil imaginar un fracaso más completo de la maniobra. En Oaxaca, al menos, ni siquiera los evaluados se sienten orgullosos de haberlo hecho. Se ha producido, en cambio, un despertar profundo. Debemos estar abiertos a la sorpresa.